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Das Michín Review
 
viernes, febrero 17, 2006  

Broken Flowers




No dejo de pensar en Broken Flowers. Le conté a Marta que me parece la película más simple que he visto en mi vida, pero no sé bien qué significa eso, o qué significa, mejor, para alguien como yo el que una película le parezca, simplemente, simple. En primer lugar, tal vez, todo resulta demasiado obvio, pero no como una mala película de suspenso, un misterio fácil de resover desde el principio porque está hecho para seguir siendo misterioso únicamente mientras no se lo considere a profundidad. Lo obvio, creo, está en un lugar distinto, apenas un paso más allá de la mera percepción. Se nos dice, desde siempre, que se trata, por ejemplo, de buscar y reconocer el rosado, y se nos recuerda a cada momento su aparición. Detrás de esa aparición, sin embargo, no parece haber absolutamente nada. El color no está ahí por algo distinto de él mismo, pues su presencia es delatada desde siempre. Cada gesto, cada signo, cada señal que encuentra Don en su rígido viaje hacia su pasado nos llega desde de la pantalla sin ninguna pretensión, sin ninguna necesidad de constituir un rompecabezas enorme que luego tengamos que armar, camino a casa, para entender quién diablos es la madre del hijo de Don, o quién diablos es su hijo. Así, sin la pretensión de una película de misterio, Jarmusch se da el lujo (lujo maravilloso) de presentarnos sus rosados, sus máquinas de escribir, sus letras a mano, sus mujeres, la misma canción de Winston una y otra vez, con una obviedad impresionante, con un intrigante aspecto, me voy a atrever a llamarlo, superficial.

Creo que esta superficialidad, perdonen ustedes, es lo más bonito de la película. Broken Flowers es el relato de un misterio del que se nos dice desde el principio que no existe, a pesar de todos los intentos de Winston por rastrearlo y resolverlo, o al menos por sentar las bases para su solución eventual. Detrás de la carta, detrás de toda la historia, detrás de la vida de este personaje particular proyectado en la pantalla, tanto como de cada uno de los personajes que la siguen frente a la misma pantalla, no hay absolutamente nada. La admirable superficialidad a la que nos enfrenta el director, lo que con cariño traté de llamar simpleza, no es más que el reflejo vacío de una vida cualquiera, el momento preciso e impreciso en el que Don se sienta en un sofá cualquiera, en un momento del día cualquiera, en una casa u oficina cualquiera, o el instante infinito en el que se refleja en sus ojos el gesto de cada una de sus mujeres al reconocerlo, sea cual sea este gesto, por más ambigüo que sea.

La ambigüedad, sin embargo, se podría interpretar como el amplio espectro de todo lo que puede llegar a significar un gesto, por ejemplo, o un color particular, o la respuesta a la frase "¿tienes hijos?". Este espectro no existe, o no al menos en la película de Jarmusch, pues detrás del gesto no hay una respuesta. La simpleza de las imágenes contadas, su belleza, debería ser equiparable únicamente a la simpleza misma de la vida, a los sueños del personaje que son signos de nada. Siento que es precisamente la simpleza lo que resulta tan difícil de esta película; la sensación de pensar que no hay ningún misterio en el misterio. Y si es difícil percibir esta simpleza, ¿cuán dificil puede llegara a ser producirla? ¿Cuán difícil puede llegar a ser Don Johnston?

Permalink 7:09 p. m.



jueves, febrero 16, 2006
 
La boca de mi hija comenzó a oler. Un olor que se enroscaba por las paredes de la casa donde entonces vivía el desdichado ex vigilante del camping de Castroverde. Y mi hija, cuyos hábitos de higiene no permito que nadie ponga en duda, se lavaba la boca a todas horas, al levantrse, a media mañana, después de comer, a las cuatro de la tarde, a las siete, después de cenar, antes de dirigirse a la cama, pero no había manera de sacarse el olor, de extirpar o disimular el olor que el vigilante husmeaba o venteaba como un animal acorralado, y aunque mi hija entre cepillado y cepillado se hacía enjuagues de boca con Listerine, el olor persistía, desparecía momentáneamente para volver a aparecer en los momentos más inesperados, a las cuatro de la mañana, en la ancha cama de náufrago del vigilante, cuando éste en sueños se volvía hacia mi hija para montarla, un olor insoportable que socavaba su paciencia y discreción, el olor del dinero, el olor de la poesía, tal vez incluso el olor del amor.
Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, 20

Permalink 2:28 p. m.



 
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